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05 marzo 2009

De temores también se vive

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La mayor ilusión que me hacer crecer a día de hoy es el camino que poco a poco voy recorriendo para poder llegar a ser algún día una buena actriz completa; algo que me gustaría adoptar en un futuro no muy lejano no solo como un oficio sino como una forma de vida; y no es tanto lo que me da la ilusión la meta que persigo como eso; el camino que voy recorriendo y que sobretodo en este último año me permite día a día aprender y sorprenderme y apreciarme cada vez un poco más a mí misma.


Si pienso de donde puede venir esta ilusión creo que todo nació porque ya de pequeña aunque no lo hubiera querido el teatro formó parte de mi vida tanto a nivel “teórico” como “práctico”; y es que a nivel teórico recuerdo por estas fechas haber sido espectadora de innumerables obras junto a mi madre y mi hermana en los festivales de Teatralia y descubrir en uno de los primeros cursos de secundaria lo que me fascinaba Shakespeare cuando en clase de inglés nos mandaron leer un libro adaptado para niños de “El sueño de una noche de verano”.

A nivel práctico lo que más recuerdo es sin duda los cuatro años que estuve haciendo teatro infantil; desde los seis hasta los diez; y en los que nunca tuve un papel en el que dijera una sola frase; fue el día que más me marcó uno en el que hice de mosquetero; día que siempre recordaré como uno de los mayores momentos de magia e ilusión que he vivido. La verdad es que no recuerdo el nombre de la obra que representábamos ni siquiera de que trataba solo sé que todo lo que tenía que hacer era salir en un acto y detener a un soldado; entonces podría decir la “morcilla” que yo quisiera ya que mi profesora me lo había permitido; y cuando lo hice todo el público disfrutó con ello y yo a pesar de ser tan pequeña creo que disfruté con ellos como nunca lo había hecho y como no sé si lo volveré a hacer nunca.


Desde entonces esta magia; esta ilusión es algo que ha crecido dentro de mí a lo largo de los años; sin embargo es algo que yo no me había dado la oportunidad de dejar salir; son muchas las cosas en las que me he intentado “canalizarme” desde que cumplí esos diez años como pueden ser la música o la pintura; pero en ninguno de estos dos casos he estado dispuesta a sacrificar ni luchar lo suficiente como ahora estoy haciendo por la interpretación y/o el teatro y es que es difícil describirlo pero se podría decir que es de entre todas las artes que he experimentado la que más me ha permitido convertir en mí en etéreo lo invisible.


El año pasado fue cuando volví a hacer teatro en el mismo centro cultural que lo había hecho de pequeña cuando decidí apostar por ello de un modo más en serio; no sabía a lo que me enfrentaba ni lo que encontraría; que en este caso fue mi escuela; una herramienta de trabajo; con la que cada día aprendo más; me juzgo menos; crezco y me veo más cerca de conseguir mi deseo; he encontrado aquí una generosidad reciproca que poco a poco se va convirtiendo en una forma de vida que me llena y que va cambiando mi forma de mirar; mi forma de andar; de hablar… una experiencia que va en resumidas cuentas construyendo como actriz y persona mi propia existencia.


Una experiencia que forma gran parte de mi ilusión y que estoy agradecida y orgullosa de no haber abandonado en su día y en la que espero recordar cada día algo que leí en el tablón de la escuela y que Bretch dijo; algo que si a esta ilusión global de ser actriz le llamamos “objetivo” espero no olvidar nunca en todos los días que recorro mientras trato de conseguirlo: Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida. Esos son los imprescindibles”




Mi mayor temor estará siempre cara a cara frente a mí en el espejo y es que es el no confiar en mí misma en casi todos por no decir todos los aspectos de mi vida.


Empezando por la forma personal más obvia; la física; siempre he temido no ser lo suficientemente guapa; lo suficientemente delgada ni lo suficientemente “perfecta” para enfrentarme al mundo; son pocos los días que no me comparo a los demás y con ello me infravaloro mermando cada vez más mi propia confianza; odio así exponerme tal y como soy y no me acepto; temo a la báscula y dependiendo del día que tenga como o dejo de comer; algo a lo que siempre prometo poner solución; pero cuando lo hago son “fantasmas” que siempre vuelven y que me afectan en mi día a día. Si cojo la “típica revista” y comparo no juzgo a nadie más que a mí misma; siempre digo por muy duro que suene que con esta mente que tengo si estuviera gorda no viviría; solo a duras penas sobreviviría.


Siempre quiero creer que llegará el día en que alguien me valore como soy; que apreciará cada una de las cosas que creo que componen en mí algo especial sin darme cuenta que esa persona debería ser yo; y temo no hacerlo nunca; no me quiero y siempre prevalecerán mis defectos por encima de mis virtudes; mirándome de una forma externa me veo grande; encuentro diferente y apreciable lo que soy; sin embargo nunca lo llevo a la práctica interiormente respecto a mí misma.


Mi desconfianza propia me ha llevado a crearme una coraza con la que ya no temo ni siquiera a la soledad ni sentimental ni familiar; creo que estoy mejor así y dejo de ver las cosas que me estoy perdiendo. Me he “encerrado” en una especie de autismo que por rachas me hace mal vivir; tan pronto estoy una semana positiva; alegre feliz como a la siguiente no quiero ni pisar el suelo al levantarme de la cama; es una especie de autismo que me he creado que aunque me deja crecer académicamente y como persona no me permite compartirlo en plenitud con los demás.


Creo que esto siempre ha sido así y nunca he hecho mucho por cambiarlo; esta desconfianza es algo que genera en mí un caos rutinario que no soy capaz de ordenar; por mucho esfuerzo que ponga en las cosas nunca confiaré al cien por cien en esta lucha y así nunca llego a realizarlas. Siempre digo que me encantaría apuntarme a cosas como por ejemplo las clases de baile; pero no lo hago ni por falta de tiempo ni dinero sino porque simplemente no me veo capaz de hacerlo; siempre digo que cuando pierda dos kilos me aceptaré como soy hasta el día que los pierdo que vuelven a ser poco para mí; siempre me enumeró cada una de mis virtudes intentando ser consciente de lo que soy de lo que tengo; incluso de mis defectos defendiendo la idea de que voy a aceptarme; hasta que sin más ni menos al día siguiente me miro al espejo y empiezo de nuevo.


Siempre digo; siempre digo… y soy así yo mi propio lastre y muchas veces aunque puedo cambiar “no quiero”. Se va convirtiendo esta desconfianza así en un afán de perfeccionismo que no me permite: ni disfrutar; ni aprovechar; ni recorrer en condiciones mí día a día disfrutando de lo que soy y de lo que tengo que aunque siempre se me olvide es mucho.