Pero las lágrimas me han llevado a sentarme en el alfeizar de cualquier ventana y recordar; recordar como cuando como a un pajarillo al que le están creciendo las alas sentía que podía aprender a volar, aunque las lagartijas me dijeran que eso era imposible.
Como día a día que las alas crecieran un milímetro más y se hicieran un mínimo más fuertes; no solo era la razón de mi existencia, sino que además merecía la pena, aunque las lagartijas siguieran diciéndome que ni con las más largas y más fuertes alas podría volar.
Y recuerdo aquel tiempo en el que soñé ser actriz y me daba igual lo que las lagartijas dijeran. Pero aquí estoy señoras lagartijas: ¡Me rendí! Y parece que con lo que duele la herida llevase décadas o años sin alas, pero tan solo fue hace un par de semanas cuando las perdí; o más bien, las di por perdidas.
¿Y sabes qué? Debí escucharme a mí, y no a las lagartijas, que ni siquiera saben lo que es un telón descubierto y aún menos sabrán hablar.

